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Historias de golf
Conoce el increíble origen de los tees de madera que usamos para salir en cada hoyo
El odontólogo afroamericano George Franklin Grant, con su invento, derrumbó los “castillos de arena” y cambió el golf para siempre.

George Franklin Grant fue hijo de Tudor Grant, un esclavo que en 1832 escapó de Maryland, asentándose en Oswego, New York. En su nuevo hogar se convirtió en un exitoso barbero y aprovechando su nuevo estatus de hombre libre ayudó para que otros obtuvieran también su libertad, al ingresar cientos de esclavos, a escondidas, al ferrocarril subterráneo que cruza el lago Ontario hasta Canadá.

Desde su nacimiento en 1846, George junto a sus hermanos tenían la ventaja de una buena escuela donde los niños blancos y negros eran igualmente admitidos, disfrutando de una vida cómoda. A los 15 años trabajó para el dentista de su ciudad, inicialmente como chico de los recados y, finalmente, como asistente en el laboratorio.

A la edad de 19 años se dirigió a Boston donde encontró trabajo como asistente dental y dos años más tarde se inscribió en la nueva Escuela de Odontología de Harvard. En 1870, Grant se graduó con honores, convirtiéndose en el segundo graduado afroamericano de la facultad. Su ingenio le permitió desarrollar prótesis para pacientes con paladar hendido (paladar abierto), permitiéndoles hablar y comer con mayor normalidad.

En 1884, fue nombrado para al puesto de Instructor por dicho tratamiento, convirtiéndose en el primer profesor afroamericano en la Universidad de Harvard y en el primer miembro afroamericano de la Facultad de Educación Dental de la nación.

Gracias a su inventiva y su trabajo ganó fama internacional en la comunidad dental y abrió su propia clínica. En el tiempo que vivió en Boston se convirtió en un fanático del golf, dirigiéndose constantemente a jugar en Franklin Park, el segundo campo público de los Estados Unidos.

Su afición y pasión por este deporte se vio reflejado en que construyó una pequeña cancha en su casa de campo, donde vivió en primera instancia y, a pesar de haber cambiado de residencia, siguió visitando en cada momento libre que tenía.

Pero había algo que no le cuadraba desde el momento en que comenzó a jugar. El dentista nunca estuvo contento con la forma en que se daba el primer golpe. Cabe recordar, que, por ese entonces, en cada salida había una fuente con tierra húmeda (en algunos casos cada jugador debía llevarla) de donde con un pequeño recipiente se sacaba una porción y, al igual que con los castillos de arena en la playa, se formaba un pequeño montículo donde se posicionaba la pelota para hacer la salida.

Como solución para mejorar este procedimiento, al Dr. Grant se le ocurrió un invento, un pequeño apoyo de madera que tendría un impacto hasta el día de hoy. El 12 de diciembre de 1899, recibió la patente de EE.UU. N° 638.920, la primera en el mundo para un tee de golf.
Es difícil imaginar un artículo de golf más utilizado en el mundo, pero pese al potencial comercial, Grant demostró que no era un hombre de negocios y nunca puso en el mercado su invento, que hizo fabricar de forma local y simplemente la compartió con amigos y compañeros de juego de manera altruista. En 1910, a la edad de 64 años, Grant murió en su casa de vacaciones por una enfermedad hepática como un desconocido para el mundo del golf.

Más de una década después otro dentista, William Lowell, de Nueva Jersey, desarrolló un tee parecido, que pintó de rojo y denominó “Reddy Tee”. Con más visión para los negocios, le pagó al famoso golfista Walter Hagen y a su compañero de exhibición Joe Kirkwood para usar su invención y dejarlos tirados mientras jugaban. El resultado fue asombroso comercialmente: US$ 100.000 en ventas en 1922, seis años antes de que Lowell recibiera su patente, llevándose así todo el crédito del invento y dejando en el olvido a George Grant.

Sin embargo, en 1991 la Asociación de Golf de los Estados Unidos (USGA) reconoció al Dr. Grant como el inventor original del tee de madera, dándole todo el crédito por su invento.

Así que la próxima vez que llegues a la salida y busques en tus bolsillos o en el bolso un tee, recuerda que si no fuera por al “dentista altruista”, ejemplo de la lucha racial que innovó con un pequeño invento sin el cual aún estaríamos haciendo pequeños “castillos de arena” para pegar a la bola.

Publicado el 3 de noviembre, 2020